9 jul. 2009

NUESTRO RINCÓN LITERARIO

En esta oportunidad, les proponemos disfrutar de un cuento escrito por una alumna del C.E.P.T., titulado …

La planta de caramelo

Su rostro parecía de una persona muy seria, no sé si por los años que tenía o por aquella enfermedad que tanto tiempo vivió con él.

Pero detrás de ese rostro habitaba una persona muy dulce, cariñosa, muy respetuosa; alguien que siempre estaba dispuesto a ayudarte, a aconsejarte; un muy buen amigo, muy buen padre, y muy buen abuelo. Alguien que siempre quiso que su familia estuviese unida, que no nos peleáramos mucho y que nos ayudáramos mutuamente.

Si bien no tenía mucho dinero siempre se preocupó porque nos quedara un muy buen nombre, un apellido del que nadie pudiera apuntar con el dedo diciendo que alguno era una mala persona.

Porque había tenido una infancia feliz siempre quiso que sus hijos y nosotras sus nietas la tuviéramos. Como vivió siempre en el campo y en una época ya pasada -donde no existía el televisor, la computadora, ni tantos adelantos como hay hoy en día- tenía mucha imaginación; seguramente sería de tanto escuchar en la radio esas novelas que a veces te hacían reír o llorar, uno tenía que imaginarse los personajes y parecía que estuviera viviéndolos.

Él nos fabricaba los juguetes: nos hacía barriletes que los pegaba con engrudo, camiones con rueda de madera y la carrocería con un cajón de dulce de membrillo; las gomas de borrar las fabricaba con miga de pan, nos sacaba punta al lápiz con el cuchillo, nos hacía anillos con monedas, hacía vasos con botellas, pero si hay algo de lo que nunca me voy a olvidar es de la historia que nos contaba de una semilla que su padre había traído de Italia. Era una planta que daba caramelos.

Esa tradición fue pasando de padres a hijos, siempre me acuerdo cuando yo era chica, los días que él venía al campo me hacía regar la planta y me decía que al otro día iba a dar caramelos. A la mañana siguiente se levantaba muy temprano y le colgaba un montón de caramelos en todos los gajos y horquetas. A mí me agarraba una alegría tremenda y me ponía a juntarlos.

Cuando me hice más grande yo le ayudaba a colgarlos para que se sorprendieran mis hermanas. Hoy, que todas somos grandes, tenemos guardada la semilla para cuando nazcan nuestros hijos.

A él le gustaba mucho la quinta: sembrar zapallos, sandías y melones. Si bien no podía hacer fuerza debido a su operación, se sentaba en una silla y nos indicaba cómo teníamos que hacerlo.

Hoy, después de tanto tiempo y ahora que mi abuelo es sólo un hermoso recuerdo pienso, que aquel día que lo operaron, sólo pudieron sacarle el tumor, pero no la alegría, la imaginación ni la fuerza de luchar o las ganas de vivir, esas que tuvo hasta último momento, algo que siempre vivió con él y seguro las conserva donde quiera que esté.



La Chacarera, seud.

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